viernes, 07 de julio de 2006
Imagen


Este texto parte de hacer una crítica a las corrientes ideológicas intelectuales del siglo XX, que tenían como objetivo la construcción del pensamiento nacionalista y el estado-nación como fin.

Se divide en cuatro partes: La primera llamada “Resolviendo el Problema del Indio” hace una caracterización del origen del pensamiento nacionalista encarnado en Franz Tamayo, pensador que hace un enfoque autóctono como critica y reacción al discurso liberal, positivista y social-darwinista de Daniel Sánchez Lima, Felipe Segundo Guzmán y principalmente Alcides Arguedas, dominante en esos momentos de principio del siglo XX, a partir de su libro más importante llamado “La Creación de la Pedagogía Nacional” en el que propone, bajo la influencia de pensadores voluntaristas europeos como Schopenhauer, Nietzche, Goethe, hacer una educación subjetiva que descubra la voluntad y el carácter nacional y no así la instrucción que tiene un sentido objetivo y racional. Esto iba a orientar la construcción de ese carácter nacional bajo la energía del indio, la inteligencia y capacidad intelectual del mestizo que debía copiar del blanco europeo mediante la mimesis.

La segunda parte se llama “Estetizando la política” y caracteriza a la corriente posterior influenciada por Franz Tamayo representada por los pensadores intelectuales “Místicos de la tierra” herederos del mestizaje ideal en su sentido más idealista. Su característica consistía representar al paisaje andino bajo su expresión monumental y plantear que esta era la forma bajo la cual se iba a construir la nación. Uno de sus mayores exponentes Jaime Mendoza, autor del Macizo andino (1935) proponía la sublimación de la naturaleza mediante las montañas y nevados y la construcción nacional producto de este paisaje. Otro representante destacado fue Roberto Prudencio que mediante algunos artículos escritos propuso mediante la purificación o catarsis la copia selectiva del alma boliviana representada en los paisajes andinos y así crear la cultura nacional, esta sublimación proponía una especie de “aura” que cubría al paisaje. Otro pensador representativo de este grupo fue Fernando Diez de Medina y uno de sus textos más representativo de los muchos, fue Franz Tamayo Hechicero del Ande en el que se confirmaba el pensamiento heredado de este autor y su admiración declarada en su expresión “la montaña hecha hombre” que delineaba su espiritualización monumental de la geografía y su producto en el mestizo ideal personificado en Franz Tamayo. Dentro de las corrientes estéticas expresadas en las artes plásticas, principalmente la pintura (a la que recurrirá el autor en todo el libro de manera contrastada con los pensadores de cada corriente) como muestra de la influencia ideológica a nivel artístico hace una caracterización de Cecilio Guzmán de Rojas como influenciado también por lo autóctono a partir de sus obras Cristo Aymara y El triunfo de la Naturaleza bajo una óptica disciplinaria sin perspectiva ni temporalidad vista desde las élites mestizo-criollas relegando al indio solo como observado e idealizado tapando con esa mascara la realidad.

En contraparte, la realidad la expresaba el pintor Arturo Borda, tomando como ejemplo Critica de los ‘ismos’ y el triunfo del arte clásico donde mostraba una estética chola barroca contra-elitista de destrucción alegórica de la sublimación mestizo criolla. Entre las influencias políticas de este pintor, el autor plantea a las movilizaciones anarco-sindicalistas de los años 20, la relación entre caciques apoderados campesinos y los artesanos cholos urbanos e intelectuales de izquierda de clase media como Tristan Marof (Gustavo navarro) y su texto Justicia del Inca además del pensamiento del vanguardismo revolucionario peruano, más avanzado que el boliviano de José Carlos Mariategui.

El siguiente capítulo se llama “Politizando el Arte” y muestra a los letrados disidentes pensadores de la revolución de 1952 precedidos de la subida crítica de clase media después de la guerra del Chaco y los partidos nuevos como POR, PIR y MNR, además de la mayor conciencia de los sectores subalternos producto de la legalización de los sindicatos. Con la desmitificación del discurso mestizo-criollo idealista por parte de estos pensadores de clase media se conformaba un discurso mas dimensionado en la realidad que tenía como producto el “arco epistemológico” del nacionalismo revolucionario como unión de los discursos radicales y los conservadores de lo que sigue del siglo XX. Augusto Céspedes (1903-1997) escribió Sangre de mestizos (1936), Metal del Diablo (1946) fue periodista, pero su escrito más critico fue el articulo Viaje alrededor de un monolito pensante (1931) en el que hace una critica a Tamayo, su mestizaje ideal y al ser-en-si de su “aura”. Otro texto base del pensamiento nacionalista revolucionario fue Nacionalismo y Coloniaje (1943) de Carlos Montenegro reflejando la búsqueda de la nación mediante el gobierno de las masas populares contra la anti-nación de representada en la oligarquía. Su obra tiene una forma que incluye la épica, el drama, la comedia, como parte de la historia boliviana y constructor de lo grotesco, pero su síntesis y respuesta histórica se da en la novela como forma más revolucionaria y transformadora de expresión del colectivo nacional. Entre las más importantes en el país estaban las novelas costumbristas como La Chaskañawi (1947) de Carlos Medinacelli y La Niña de sus Ojos (1948) de Antonio Díaz Villamil llegadas tarde en comparación a las demás regiones del continente.

Con la caida del MNR aparecen posiciones criticas a la incapacidad de hacer cambios de la revolución entre ellos Sergio Almaraz (1928-1968) y otros como René Zabaleta Mercado (1937-1984) más cerca de lo tecnócrata, su primera obra Bolivia: el desarrollo de la conciencia nacional (1967) que identifica a la revolución de 1952 como momento constitutivo narrado desde la visión compleja del academicismo y no de los letrados, este identifica al sector minero como el principal para hacer un cambio social, identificado por el autor como la parte esquelética de lo social y la parte carnal como las masas populares cholas e indias. Se complementa esta idea con la representación fotográfica de Jean-Claude Wicki, Minero (1994) y los murales de Walter Solón Romero expresiones más cercanas a las masas que el lienzo, que reflejan los cuerpos esqueléticos de mineros con un “realismo psicológico al servicio de una distorsión constructiva” como parte pictórica de la lucha de clases y el proletariado minero.

La última parte es una síntesis y conclusión titulada “Indianizando al q’ara” que vislumbra a través de la corriente katarista dos tiempos vividos por los subalternos el tiempo histórico representado en la modernidad y el tiempo de los dioses en la memoria de Tupaj Katari que vuelve de manera cíclica. El Katarismo producto de intelectuales aymaras urbanos influenciados por Fausto Reynaga que representa a la nación como un cuerpo fragmentado, el autor divide a este en katarismo moderado que tiene como principal planteamiento “la teoría de los dos ojos” que plantea ver la realidad bajo el enfoque de las clases sociales y principalmente bajo el de las naciones oprimidas, su principal ideólogo Víctor Hugo Cárdenas aliado del MNR con su partido MRTK, gestores del Plan de Todos, y la ley de participación popular que introduce las palabras de multiétnico y pluricultural en el uso cotidiano. El katarismo radical representado por Felipe Quispe “El Mallku” y su discurso visceral, ambiguo, con una pedagogía al revés y negativa o “janiwa” que busca indianizar al q’ara.

En el cuadro metamorfosis (1987) de Alejandro Salazar podemos ver la relación entre lo étnico, genérico y de clase expresado como crítica al mestizaje y el cuadro Complicidad (1987) de Darío Antezana representando lo visceral, carnal y repulsivo como una visión negativa o no-visión que muestra la ausencia o falta de la subalternidad. Lo Cholo como movimiento entre indio y criollo, sin forma, en el margen ambiguo entre afuera y adentro, estas dos obras muestran una estetización de lo real. La visceralidad como negación y ruptura, el “janiwa” epistemologico del “no puedo”, lo cual muestra la inexistencia del mestizaje y el no estar “ahí” permanentemente del cholaje.

La colonialidad del poder en contradicción con la autonomía, resistencia y creatividad subalterna se expresa en la identidad de los indios y cholos como negación de la identidad del opresor y no como producto propio. Esto muestra a Felipe Quispe como un Hibrido con la conciencia al mismo tiempo mestizo-criolla del opresor y la propia liberadora reflejando la subalternidad como la negociación de las lógicas y conocimientos secular (presente) y la lógica sagrada (pasado).
Comentarios